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¿Debemos abandonar toda esperanza...?


Gabriel Celaya fue un poeta español del siglo XX. No forma parte de la generación del 27, aunque vivió en la Residencia de Estudiantes y fue el contacto con intelectuales como Federico García Lorca lo que despertó su vocación literaria. A partir de los años 50 se convirtió en el exponente más destacado de lo que se llamó entonces poesía comprometida. La poesía es una arma cargada de futuro, proclamaba uno de sus textos. Aunque publicó casi cien libros y recibió en Premio Nacional de las Letras Españolas en 1986, cuando murió en abril de 1991 se encontraba en la miseria. Su mujer, Amparo Gastón, tuvo que hacer pública esta situación para conseguir los recursos con que tratar su enfermedad.

Dos años después el primer local del Ojo Atómico abría sus puertas a sólo una calle de la casa donde murió el poeta. El escándalo por la situación Celaya aún resonaba en el mundo de la cultura y para mí tomaba la forma de una advertencia como la que leyó Dante en la entrada del Infierno: Lasciate ogni speranza, voi ch'entrate. Abandona toda esperanza, tú que entras al arte español. Quizás deberíamos haber escrito esta frase sobre el gran portalón verde de aquel local, porque en aquellos tiempos, como en los actuales, dedicarse a la cultura en España suponía atravesar el umbral que conduce a la ciudad del llanto, al dolor eterno, al lugar donde sufre la raza condenada, por seguir con la Divina Comedia.

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