BENIDORM

Diario de un artista

Tomás Ruiz-Rivas

 

Benidorm cover

 

(Capítulo de muestra)

 

Miércoles 7 de noviembre de 2012

En una heladería en la playa de Levante

 

He llegado a la conclusión que el turismo es infraordinario. Es decir, pertenece a esta categoría ideada por Georges Perec que engloba lo vulgar, lo cotidiano, lo común. El ruido de fondo que acompaña cada uno de nuestros actos y pensamientos. Sobre todo el turismo de playa, porque el llamado cultural, por el mismo hecho de dirigirse a objetos extraordinarios como las catedrales, los museos o cualquier lugar con pirámides, si no tenemos que vivir en él, ha merecido otro tipo de atención por parte de las élites académicas. Éste es un pensamiento que ha aparecido en mi mente claro, distinto y añadiría que inevitable, en una heladería del paseo marítimo, frente a la vitrina colmada de engrudos multicolor y rodeado turistas semidesnudos, desvergonzados en el disfrute de su felicidad estandarizada mientras se atascan de azúcar y saborizantes artificiales.

 

Porque incluso la vuelta a las raíces, para los que tienen un pueblo de donde procede su familia, es un ritual bañado por la luz crepuscular de la literatura. No importa que el lugar carezca de la menor gracia. Villorrios castigados por el hambre y la violencia, como el de Pedro Páramo, que ya sólo habitan fantasmas, son tan dignos de una visita y unas líneas cargadas de poesía como el idílico Cambray de Marcel (-Proust. No recuerdo que se diga el apellido del personaje ni una sola vez a lo largo de las tres mil y pico páginas de la Recherche). Siempre que nos remitan a un antes legendario, siempre que hayan sido el escenario principal de los relatos familiares, de nuestras pequeñas tradiciones.

 

¿Pero qué se puede decir de estas personas de clase media que abandonan — abandonamos — temporal y periódicamente las rutinas grises de la supervivencia para asolearnos a orillas del mar? ¿Hay actividad más intranscendente que tumbarse en la franja de terreno infértil que media entre los edificios, normalmente feos, donde se alojan los turistas y el océano correspondiente? Lo dudo. Y precisamente por eso es interesante. El turismo es una de esas cosas comunes, nos diría Perec, que tenemos que acorralar, que tenemos que arrancar de su caparazón y darle un sentido. Así por fin hablará de nosotros, de lo que somos.

 

Como anuncia MacCannell en su visionario libro, es en la mente del turista donde emerge por primera vez la imagen del mundo actual. Las prácticas turísticas, con todo lo que las rodea, son cultura, son la cultura. No hay otro sitio donde podamos ir para encontrarnos con nosotros mismos. Toda nuestra experiencia está turistizada. Nos constituimos como sujetos a través del consumo de experiencias que encontramos en lugares de autenticidad escenificada. Nuestra vida transcurre entre espacios vacíos de significado, como las periferias urbanas, las infraestructuras de tránsito o las dependencias prefabricadas donde trabajamos, y esos otros espacios saturados de signos fraudulentos, impostores.

 

Esta idea me ha llevado a la conclusión de que las vacaciones de verano substituyen de alguna manera las festividades asociadas a los ciclos de la agricultura. El inicio de la primavera, la cosecha antes del otoño, el solsticio de invierno. Aquellos momentos importantes que el Cristianismo se apropió con sus mitos y luego la Revolución Industrial despojó de sentido. Se trata en definitiva de un periodo excepcional. Hay una suspensión de las rígidas normas de convivencia, como decía hace unos días, que se expresa sobre todo en la desnudez de los cuerpos. Es un tiempo de libertad y de exceso. Quizás éste sea el motivo de que la gente, gran parte de la gente, después de perder el día tirada en la arena dedique la noche a emborracharse. No tengo nada en contra de esto y además el alcohol facilita el sexo ocasional, sin el que la libertad y el exceso quedarían a medias. Resultarían ser un poco de mentirijillas, como esas escenas de cama en las series norteamericanas donde la cámara elude con maestría justo aquello que más nos interesa.

 

Pero semejante explicación, aunque parece sesuda y convincente, no nos dice nada. No nos habla de nosotros mismos, porque no consigue alzar el manto de trivialidad que cubre al veraneo. De hecho lo único que no me interesa de Benidorm es el desenfreno nocturno. Necesitamos ir más allá. Para describirlo debemos sumergirnos por completo en el caldo tibio y algo grasiento del fenómeno infraordinario. Sólo así alcanzaremos la precisión con que Perec detalla el microcosmos de su escritorio o el devenir de una calle de París a lo largo de un día cualquiera. La metodología es sencilla: determinar un ámbito geográfico, es decir, un lugar de vacaciones que para nosotros será de investigación (en mi caso Benidorm); introducirse en él, acompasarse a sus ritmos; seleccionar elementos que se puedan aislar para manejar la realidad en una escala reducida, – sinécdoque se llama en la poesía a tomar una parte por el todo – y registrarlos desde la óptica subjetiva e interesada del artista. Los resultados hablarán por sí mismos. Cualquier actividad humana observada con paciencia y rigor acaba por desvelar las tensiones y geometrías de la sociedad, del mismo modo que una lente nos muestra que los copos de nieve están formados por cristales con forma de estrella. Las jerarquías y el conflicto permanente por mantenerlas o invertirlas; los miedos y las aspiraciones; la amalgama de grandeza y mezquindad. Y por encima de todos nuestros afanes, el paso inexorable de las horas. No será menos el turismo.

 

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